Ladrones

Cambiando la cerradura
31 de mayo de 2009
(7, rue Pauplier; 02:30 a.m.)
Jean-Luc, mi casero y vecino, me relata por enésima vez su aventura mientras acaba de atornillar una cerradura nueva en la puerta de mi apartamento.
“Siempre guardo una de éstas”, dice. “Por lo que pueda pasar”.
Aunque trate de disimularlo, aún está nervioso. Le tiembla el pulso. Y no es para menos.
YO: Te arriesgaste demasiado, Jean.
JEAN-LUC: Supongo que debería habérmelo pensado dos veces… Dieu… Tendrías que haberlo visto. El tipo era enorme. Un apestoso clochard de casi dos metros. Incroyable. (Resopla). No sé cómo se las ingenió para subir hasta aquí. La cerradura del portal está intacta, tu vois ?
YO: Alguien debió de dejarse la puerta abierta.
JEAN-LUC: Quelle merde ! (Sacude su cabeza como si intentara deshacerse de los rescoldos de un mal sueño). Cuando me lo encontré, ya casi estaba dentro. Llevaba un destornillador en la mano o algo parecido. “¿Dónde crees que vas, hijo de puta”, le digo y le apunto directamente a la cabeza con mi vieja Luger. Y el tipo ni se inmuta. Se da media vuelta tan tranquilo y se marcha escaleras abajo como quien sale a pasear al perro. “!Eh, tú”!, le grito. ¡”Mírame cuando te hablo”! Y nada. (Resopla otra vez). En mi vida había visto tanta sangre fría.
YO: Tuviste suerte.
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