Rosalie, mon amour.

City2
6 de junio de 2009
(City2, 12:30 p.m.)
Paso la mañana en el City2. De compras.
-Dos pares de botas de agua.
-Dos pares de pantalones de neopreno.
-Dos linternas sumergibles y un par de juegos de baterías de reserva.
-Una brújula.
-Un piolet y una pequeña pala. Clavos. Brocas. Mosquetones.
-30 metros de cuerda estática.
-Una mochila impermeable de 25 l. de capacidad.
El kit del espeleólogo aficionado.
Tomo un café en el Java Coffee Corner y se me ocurre que tal vez podría darme una vuelta por el mercadillo de la Place du Jeu de Balle antes de volver a casa. Tomo el metro, me bajo en Porte de Hal y me dirijo directamente al tenderete de Maurice, alias le capitain, un militar jubilado que se saca un sobresueldo los sábados vendiendo reliquias de dudosa procedencia, desde sellos y papel-moneda con varios siglos de antigüedad hasta cacharrería de las dos guerras: insignias, medallas, gorras, etc.
Me reconoce: “Salut, mon vieux !”
“Mon capitain…”, digo y revuelvo sus cachivaches durante un par de minutos hasta dar con lo que busco: una bayoneta de algo más de treinta centímetros, rescatada de las mismas trincheras de 1914. Limpia y afilada. Como nueva. Ya le había echado el ojo hará un par de semanas. Supongo que sólo esperaba el momento adecuado para hacerme con ella. Y ese momento ha llegado.
MAURICE: Buena elección.
YO: ¿Cuánto?
MAURICE: 30 para ti. Si me aprietas, 25. No puedo bajar más.
No regateo.
Regreso a mi apartamento con una extraña sensación en la boca del estómago. Soy feliz o algo parecido, y me siento seguro y fuerte. Si vuelvo a encontrarme con Otto, no me pillará desprevenido.
Bajo al metro.
Una y otra vez, acaricio con mi pulgar el filo del puñal ignorando las miradas esquivas de los demás pasajeros.
Nadie se sienta a mi lado.
La llamaré Rosalie, como hacían los reclutas franceses de la Grand Guerre.
Rosalie, mon amour.
(7, rue du Peuplier; 13:45 p.m.)
En casa, despliego mi pequeño arsenal sobre la cama y compruebo que todo esté en orden de revista.
Enzo me mira desde un rincón con una curiosa expresión en la cara, entre la incredulidad y la compasión. Se acerca, toma entre sus dedos índice y pulgar uno de los pantalones de neopreno y suelta: “¿Te vas de pesca?”.
“De caza”, digo negando con la cabeza.
Se encoje de hombros.
“¿Vienes esta noche al Corbeau?”, pregunta sin demasiado entusiasmo. “La Gran Despedida. Estarán todos.”
Es su última noche en Bruselas. Ya tiene los billetes para Perugia y el equipaje hecho. Sólo queda la preceptiva borrachera de fin de curso. Un polvo de última hora, tal vez.
“Claro”, digo. “No me lo perdería por nada del mundo”.
(13, rue du Magasin; 18:00 p.m.)
Cuando llego a la parada de Yser, Jesús y Rosa ya están allí.
“Tenemos que hablar, chicos”, digo. “Esto se está saliendo de madre”.
Jesús me mira, incrédulo. Rosa nos mira a ambos.
JESÚS: No querrás dejarlo ahora, ¿verdad?
YO: Tal vez sea lo mejor. Hay demasiada gente implicada. No sé lo que puede pasar.
Silencio.
ROSA: ¿Otto?
YO: (Suspiro). Otto.
Mi amigo me toma del brazo y me obliga a caminar junto a él en dirección al boulevard D´Anvers. Sonríe. “Venga ya, J.”, dice. “Ya somos mayorcitos. Podemos cuidar de nosotros mismos, ¿no te parece?”.
YO: No lo conoces. Es una mala bestia.
JESÚS: Es un puto pirado. Un clochard. Nada más.
YO: Sabe cosas, tío. Lo del cd, el mapa… Lo sabe.
JESÚS: Pero eso es imposible.
YO: Eso mismo pensaba yo. Pero es un hecho: el tipo está en el ajo.
Nos detenemos.
Silencio.
JESÚS: O sea que hablas en serio.
YO: Tuve una “breve charla” con él hace unos días cuando volvía a casa. Una experiencia memorable. Luego, descubrí que había intentado entrar en mi apartamento.
JESÚS: No jodas.
YO: Todavía me tiemblan las piernas.
Silencio.
Jesús y Rosa intercambian una larga mirada en la que creo adivinar un atisbo de duda o miedo. “La cosa se pone interesante”, dice él. Ella asiente. “Habrá que andarse con ojo”.
Reemprendemos la marcha.
Ahora es Rosa la que tira de mí calle arriba. “Espera a ver lo que tenemos. Luego preparamos un plan de choque”.
YO: ¿Plan de choque?
JESÚS: Contravigilancia.
ROSA: Localizamos al tipo y seguimos sus pasos: dónde duerme, por qué zona se mueve, con quién se relaciona, etc. Eso nos dará cierta ventaja.
JESÚS: Y evitaremos sorpresas desagradables. Piénsalo. Si sabe algo más que nosotros, tal vez pueda darnos alguna pista.
YO: Estáis locos. Locos de atar.
Me doy por vencido.
Ahora sé que es inútil mantenerlos al margen, pero al menos ya saben con quién están tratando. Por supuesto, la idea de vigilar a Otto me parece descabellada. ¿Los Cinco contra el Hombre del Saco? ¿A qué estamos jugando? Y, sin embargo, no deja de haber cierta lógica en el plan. Una lógica peligrosa, claro.
En fin, he hecho lo que he podido. Ya son mayorcitos.
(…)
Torcemos en la esquina con la rue Magasin y nos detenemos frente al número 13: una modesta construcción de dos pisos en ladrillo visto con cierto aire victoriano. Jesús llama al portero electrónico: 2-A. Una voz metálica responde algo ininteligible. “Somos nosotros, Alex”, aclara mi amigo. La puerta se abre. Entramos.
Subimos por una tortuosa escalera de madera hasta el rellano del segundo, donde nos espera el tal Alex. Se trata de un tipo alto y desgarbado, inquietantemente delgado y con aspecto de no haber dormido en años. Luce ojeras de yonqui y un corte de pelo imposible que debió de estar de moda entre los punks del Soho allá por el 77; botas militares, pantalones de pitillo y una camiseta raída y estampada con un explícito HATE ME. En los dedos índice y anular de su mano izquierda, sendos anillos en forma de calavera. Calaveras también en su cinturón y colgando de su cuello, y en sus brazos tatuados hasta la extenuación.
Otro puto enamorado de la muerte. Haría buenas migas con Liz.
“¿Eres J.?”, pregunta a bocajarro.
Asiento.
Me estudia durante unos segundos. Luego dice: “Tenía ganas de conocerte, tío. Te estás convirtiendo en toda una celebridad, ¿lo sabías?”.
“No me jodas”, digo.
Silencio.
Jesús carraspea, incómodo.
Al fin, nuestro anfitrión se da media vuelta y nos indica con un gesto displicente que le sigamos.
El apartamento es pequeño y oscuro, y huele a aguarrás. Hay lienzos amontonados en cada rincón, tarros con pinceles y espátulas, pliegos de papel de dibujo y esbozos al carbón cubriendo todas las paredes. El escaso mobiliario se reduce a un sofá-cama, un par de sillas, una mesita baja y una estantería atestada de libros. Sobre una mesa de camping, un pequeño equipo de música y un portátil. No hay televisión.
Aquí y allá, amuletos, piedras decoradas con extraños jeroglíficos, cruces invertidas y demás cacharrería ocultista.
“Sentaos donde podáis”, dice Alex. “No tengo café, pero puedo ofreceros un té si queréis”.
“Ok”, dice Jesús y el tipo desaparece. Lo oímos trastear en la cocina mientras tararea Somewhere over the rainbow de El mago de Oz.
Miro a mi amigo y susurro: “¿De dónde ha salido este tipo?”.
Se encoge de hombros.
Mientras hierve el agua, tengo tiempo de curiosear un poco.
Por lo que puedo ver de su obra, Alex cultiva un estilo neosimbolista y algo barroco en sus formas, y de temática delirante: predominan las arquitecturas góticas, invariablemente localizadas en parajes desolados y crepusculares, y las atmósferas opresivas en tonos grises y azules; y las figuras femeninas melancólicas y exangües al estilo de Delvaux, envueltas en los vaporosos tules de las vampiresas decimonónicas. Hay sus catedrales, torreones y cementerios abandonados, y sus jardines de trazado imposible; y hasta una ciudad sumergida. Y murciélagos y lobos y lechuzas… El catálogo al completo de los monstruos de la razón.
En sus mejores momentos, recuerda a Böcklin.
En los peores, a los ilustradores de las novelas de Anne Rice.
Su biblioteca me parece más interesante. Junto a los inevitables Sade, Genet, Bataille, etc, doy cuenta de una más que estimable colección de primeras ediciones e incunables por valor de varios cientos de euros, si no miles: tratados de magia y alquimia de los siglos XVI y XVII, un par de bestiarios medievales, una edición princeps del Tratado sobre los vampiros del padre Calmet, el Bruxelles mystérieux de Paul de Saint-Hilaire…
Un bibliófilo con vocación de maldito. Quién lo iba a decir.
Cuando nuestro anfitrión vuelve con el té, me sorprende hojeando un ejemplar del Liber legis de Aleister Crowley.
“No puedes esperar, ¿eh?”, me dice ofreciéndome un vaso humeante.
Devuelvo el libro a su lugar y sólo entonces reparo en un pequeño frasco de cristal, colocado en una de las baldas superiores junto a un pisa-papeles en forma de calavera made in Taiwan. En su interior, creo distinguir una especie de tubérculo de proporciones inquietantes sumergido en un líquido amarillento.
Alex parece leer mis pensamientos: “Raíz de Jaime I, el Conquistador. Para el mal de amores. ¿Te interesa?”.
Niego con la cabeza.
YO: No me va este rollo.
ALEX: ¿A qué te refieres exactamente?
YO: Ya sabes. Abracadabra pata de cabra y toda esa mierda. Brujería. No me lo creo.
ALEX: (Arqueando una ceja. Irónico). ¿Brujería?
YO: Lo que sea.
Silencio.
ALEX: Lo que tú llamas “brujería”, otros lo llamamos “ciencia”.
YO: Ciencia. Ya.
ALEX: Conocimiento. Un saber antiguo, anterior a todas las religiones y que ni siquiera dos mil años de cristianismo han sido capaces de enterrar.
YO: Y ahora me vas a decir que el diablo existe y es el único dios verdadero, ¿no es eso?
ALEX: Lucifer es sólo un avatar del hombre de ciencia. El portador de la luz. Un primer estadio en el camino hacia el conocimiento universal y la reconciliación del hombre con su propia naturaleza. Nada que ver con el azufre y la cola en punta de flecha. (Deja pasar unos segundos mientras enciende un cigarrillo. Sacude la cabeza y sonríe con cierto aire de condescendencia). La Iglesia se ocupó durante siglos de satanizar aquello que no comprendía o ponía en peligro su monopolio espiritual. Era el mal, así de simple. Lógico, ¿no? Y destruyó santuarios, persiguió a los depositarios de las antiguas tradiciones y condenó a la hoguera a muchos hombres y mujeres sabios.
YO: ¿Pero?
ALEX: Pero el saber sobrevivió. Oculto. Transmitido de generación en generación a través de oscuros arcanos y símbolos. Y gracias a unos pocos iniciados, gente sin miedo y sin prejuicios, aún es posible soñar con un mundo libre de la tiranía de los mansos. Un mundo de hombres sabios. Y poderosos.
YO: ¿Poderosos? (Me pongo en guardia. La cosa empieza a olerme a chamusquina). Explícate.
ALEX: La conciencia universal es un acto supremo de la voluntad. Un acto de poder. El dominio de la materia a través del espíritu y del espíritu a través de la materia.
YO: Sustituir a Dios.
ALEX: El viejo sueño de los alquimistas. ¿No has leído el Fausto?
YO: Creía que sólo buscaban fabricar oro.
ALEX: El oro, la Piedra Filosofal, el Aleph… Todo es uno y lo mismo. Formas distintas de referirse a la misma realidad. Símbolos, ya te lo he dicho.
YO: Y tú eres uno de los iniciados, ¿no es eso?
ALEX: Estoy en el camino. Nada más. Como vosotros, aunque aún no lo sepáis.
Silencio.
No sé qué pensar de toda esta cháchara ocultista. O sí, pero no me atrevo a decirlo en voz alta.
Jesús rompe el hielo: “Querías enseñarnos algo, ¿no, Alex?”.
ALEX: Claro. (Sorbe su té ruidosamente y deja pasar unos segundos con la mirada fija en la punta de su cigarrillo). Con dos condiciones.
YO: Dispara.
ALEX: La primera es que quiero participar de esta historia. Activamente. Me tendréis al tanto de los progresos y yo haré lo propio mientras investigo por mi cuenta. Quiero bajar al laberinto si es que existe realmente y damos con el modo de hacerlo. Quiero estar ahí si encontramos algo. No puedo perdérmelo. He estado esperando algo así toda mi vida.
YO: ¿Y la segunda?
ALEX: Quiero una copia de vuestro mapa.
Jesús mira a Rosa y luego me mira a mí. Asiento.
JESÚS: Hecho.
“De puta madre”, exclama Alex. Acto seguido, apaga su cigarrillo sobre un cenicero que recuerda vagamente a un cáliz, rescata un grueso volumen de su biblioteca y lo deposita con sumo cuidado en la mesita baja, frente a nosotros.

Cartographie de l´inconnu
“¿Un libro?”, digo.
ALEX: Hay libros y libros. Éste lo encontré en París, en la Shakespeare & Co. Está descatalogado, así que me costó una pasta. No le había prestado demasiada atención hasta que leí tu blog. Entonces, todo empezó a tener sentido.
Leo la cubierta: Cartographie de l´inconnu por Jean-Baptiste Ducasse (ed.), fechado en Lyon en 1969.
Lo hojeo por encima. Se trata de una colección de reproducciones de mapas antiguos y de dudosa veracidad que incluye desde las famosas cartas de navegación de Piri Reis hasta el controvertido Mapa de Vinland, pasando por representaciones más o menos documentadas (sic) de la Atlántida o el legendario continente de Mu. Ya conocía algunos.
“Página 103″, apunta Alex. “Es lo que ocurre con los libros. Tienen su momento. Y, hasta que éste llega, no acaban de dejarse leer”.
Llego a la página indicada. Bruxelles (c. 1300). Auteur inconnu. Casi lo esperaba: una vista panorámica de la ciudad medieval, apenas un esbozo a sanguina proyectado con el detallismo y la peculiar falta de perspectiva propia de los maestros antiguos. A pesar del evidente deterioro de la copia, puedo distinguir el trazo de la antigua muralla en torno a la abigarrada arquitectura de la villa y los incontables canales formados por el caprichoso curso del Senne. Incluso me parece reconocer el pórtico de Sainte-Catherine a un tiro de piedra de la Tour Noire.
Lo interesante, sin embargo, se encuentra en la zona delimitada por los contornos apenas visibles de la Grand Ile; esto es: una segunda muralla interior, de factura algo más tosca y coronada por cinco torres idénticas como vértices de un pentágono trazado a cordel alrededor de lo que debió de ser Saint-Géry. La antigua capilla. Sobre cada una de dichas torres, el artista anónimo ha incluido la figura de una especie de ángel portando una espada flamígera y unas llaves, y una breve leyenda en letra gótica: MICAEL, SALTIEL, URIEL, BALAQUIEL y JEHUDIEL, en el sentido de las agujas del reloj.
Todo me suena demasiado familiar y, a la vez, extraño.
Leo la entrada del editor:
Muy poco es lo que se sabe de este curioso documento. El original, que a día de hoy forma parte del fondo de la Beinecke Library de la Universidad de Yale, fue donado a la egregia institución por un benefactor anónimo en 1954. Todo parece indicar que se trataría de un esbozo preparatorio para un tapiz -o “cartón”-. Se desconocen, sin embargo, la identidad del autor o autores de la obra así como su procedencia y la fecha exacta de su composición; si bien los estudiosos han convenido en datarla en torno al 1300, coincidiendo con el auge de la industria textil en los Países Bajos.
Más allá de su indudable valor artístico, la incluimos aquí por tratarse de una de las escasísimas representaciones existentes hasta la fecha -y, con mucho, la más detallada- de la legendaria capilla de Saint-Géry, lugar que la tradición asocia a la fundación de la ciudad pero cuya realidad histórica aún no ha sido probada.
Todos callamos.
Alex sonríe.
“Las cinco torres”, digo al fin. “Aquel texto, la Cronica Bruxellensis, hablaba de cinco torres. Las cinco entradas a la cueva del dragón”.
JESÚS: Parece que esto confirma nuestra teoría.
ROSA: Cinco puertas selladas.
YO: Eso es. El pentágono.
ALEX: Bingo. La gente de aquí aún llama a la ciudad vieja le pentagon. También la geometría tiene su mística, ¿no es cierto? Fijaos. (Se inclina sobre el libro y ensaya un trazo imaginario sobre la página). Uniendo los vértices del pentágono obtenemos una estrella de cinco puntas que, a su vez, lleva inscrito en su centro un nuevo pentágono. Teóricamente, podríamos repetir la operación hasta el infinito. Interesante, ¿no? La estrella o pentáculo es un símbolo de protección que ha sido utilizado en rituales mágicos desde tiempos inmemoriales.
ROSA: Un conjuro.
ALEX: O una advertencia: PROHIBIDO EL PASO. No andabais muy descaminados.
YO: ¿Y estas figuras?
ALEX: Arcángeles. El brazo armado de Dios.
JESÚS: Guardianes.
ALEX: Tú lo has dicho. Micael es San Miguel, el gran jefe. Expulsó a Satanás de los cielos. Los demás no pertenecen estrictamente a la tradición ortodoxa de la Iglesia. No hay rastro de ellos en la Biblia oficial. Sólo aparecen en los evangelios apócrifos. En mi opinión, esto refuerza el carácter hermético del documento.
YO: ¿Qué quieres decir?
ALEX: El autor alude al secreto sin revelarlo. Como si hubiera concebido su obra como un mensaje cifrado para unos pocos entendidos.
YO: Y en estos cinco nombres se encuentra la clave.
ALEX: Tal vez. En cualquier caso, es un punto de partida.
Silencio.
JESÚS: Joder. Es la hostia. Genial.
“¿Más té?”, dice Alex. Y enciende otro cigarrillo.
Etiquetas: Dragón, Mapa, Otto, Pentágono, Rosalie, Saint-Géry, Sainte-Catherine, Torre Negra


















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