Estoy K.O.

Cama de Mira
7 de junio de 2009
(18, rue de Belle Vue ; 09:30 a.m.)
Despierto en casa de Mira. En su cama.
Mierda.
¿Qué cojones hago aquí?
Ella aún duerme, completamente desnuda y tan cerca de mí que puedo sentir su aliento quemándome las mejillas. Alcohol y tabaco. Su mano izquierda reposa descuidadamente sobre mi vientre.
Mierda. Mierda. Mierda.
Permanezco un buen rato inmóvil, mirando al techo y tratando de poner en orden mis pensamientos.
Es inútil: estoy K.O.
Me incorporo despacio, recojo mis calzoncillos del suelo y me dirijo al baño tambaleándome, y dejo correr un generoso chorro de agua fría sobre mi cabeza para aliviar la resaca. Y empiezo a recordar: la Gran Despedida en el Corbeau/Enzo, Marcos et alia/ni rastro de Liz/demasiadas cervezas y whisky/Mira: “la última en mi casa”, etc.
Seré gilipollas.
Logro llegar hasta la cocina sin tropezar y preparo una cafetera bien cargada. Busco sin éxito un alka-seltzer o algo parecido. Enciendo el primer cigarrillo del día.
Cuando vuelvo a la habitación con un par de tazas, ella me espera sentada en el borde de la cama. Se masajea las sienes y bosteza ruidosamente. No me mira. No dice nada. Vuelve a bostezar.
Le ofrezco una de las tazas y me siento junto a ella. Tomo un sorbo de mi café y al fin pregunto: “¿Qué pasó anoche?”.
MIRA: (Negando con la cabeza). Eres todo un romántico, ¿lo sabías?
YO: Lo siento.
Silencio.
MIRA: Los he echado peores.
YO: ¿Demasiado brusco?
Por toda respuesta, ella se recoge el pelo sobre la coronilla y me muestra un moratón en la base de su cuello. Aún son apreciables las marcas de unos dientes. Mis dientes. Se gira un poco: arañazos en su espalda y en sus nalgas. Otro moratón en su cintura, a la altura del hueso pélvico.
“Joder”, balbuceo. Creo que me sonrojo.
MIRA: No te preocupes, tigre. (Se cubre con la sábana y se incorpora). Sobreviviré.
Busca algo en el cajón de la mesilla de noche. Tabaco. Una cajetilla de Lucky, vacía. Le lanzo uno de mis cigarrillos y enciendo otro para mí. Ella me alcanza el cenicero y se queda ahí de pie, frente a mí, en silencio, y esperando no sé muy bien qué.
“Estaba muy borracho”, acierto a decir.
MIRA: Eso se parece bastante a una disculpa.
YO: No soy así. Tú lo sabes. No sé que me pudo pasar.
Silencio.
Ella da una larga calada y deja escapar el humo en un suspiro lento y profundo.
MIRA: Te perdiste.
YO: (Asintiendo). Me perdí.
MIRA: En algún momento de la noche, empezaste a delirar y a comportarte como un animal. Tu cabeza ya estaba en otro lugar, ¿sabes lo que te digo? Muy lejos. Me mirabas y no me veías, y yo no podía reconocerte. Tus ojos no eran tus ojos. Ni tu voz. Tampoco tu voz era tu voz. No sé. (Otra larga calada al cigarrillo, hasta el filtro). Tuve miedo.
“Mierda”, digo agachando la cabeza.
MIRA: Como un animal enjaulado. Y furioso. (Su voz tiembla. Se cruza de brazos, como si de repente tuviera frío). No sé qué buscabas, pero no era a mí.
Silencio.
YO: Soñaba.
MIRA: ¿Soñabas? (Se acuclilla frente a mí y roza levemente mi mejilla con sus dedos). ¿Con qué?
“No sé. Sombras”, concluyo.
Y ya no queda más que decir.
Dejo mi taza y el cenicero en el suelo, y recojo mi ropa.
Mira se encierra en el baño. Oigo correr el agua de la ducha.
Me marcho.


















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