Un jodido folletín

Suena el teléfono
3 de junio de 2009
(7, rue du Peuplier; 07:55 a.m.)
Suena el móvil.
Despierto con el corazón en un puño y busco a tientas el interruptor de la luz.
No hace falta: ya es de día.
(Me he quedado dormido frente al ordenador. Me escuecen los ojos y tengo un hombro y parte del cuello entumecidos. El cenicero rebosa de colillas).
Merde!
Contesto.
YO: ¿S… Sí…? Allô ?
JESÚS: Tenemos algo.
YO: ¿Jesús?
JESÚS: Sí, tío. ¿Estabas dormido o qué?
YO: Joder… Dime que no son las ocho de la mañana.
JESÚS: Casi. ¿Resaca?
YO: Negativo. He pasado la noche estudiando. Más o menos. (Echo un rápido vistazo a mis apuntes de Estética: como me temía, no he pasado de la página 3). Se supone que tengo un examen… Exactamente dentro de cinco minutos.
JESÚS: Oh-oh.
YO: Olvídalo. ¿Recibiste mi mensaje?
JESÚS: Sí. Lo siento. He estado muy liado. Una campaña de la hostia para Microsoft. Te haces cargo, ¿no?
YO: Claro.
JESÚS: Mira… Sé que es muy temprano, pero no podía esperar para decírtelo: hay novedades, ¿vale? Ayer conocí a un tipo que… En fin, lo mejor es que lo veas por ti mismo. Vas a flipar. Accedió al blog a través de Hispagenda. Es de Madrid, pintor. Lleva un par de años viviendo aquí. Por lo visto, coincidimos en alguna exposición y le di mi teléfono. Leyó toda la historia, me llamó y… Voilá! ¿Qué me dices? La estrategia ha funcionado.
YO: De eso precisamente quería hablarte.
JESÚS: Ya. Ahora no puedo enredarme. Tengo que entrar al trabajo. ¿Nos vemos el sábado?
YO: Ok.
JESÚS: A las 18:00 en la boca de metro de Yser. Vas a flipar, tío. Te lo aseguro.
(…)
Me doy una ducha y vuelvo a sentarme frente al ordenador.
A la mierda el examen.
Abro el cd de Fred, repaso los archivos VII, VIII y IX, y doy los últimos retoques al esquema que he esbozado en mi cuaderno de notas: una especie de historia secreta de los Jamaer con tintes de folletín decimonónico.
Indicios. Hipótesis.
Todo demasiado… Perfecto.
(¿No me estaré dejando llevar por mi imaginación? Supongo que ya es tarde para ser objetivo).
Escribo:
a) Indicios.
Hasta mi entrevista con la teniente Strauven, era incapaz de establecer una conexión lógica entre el diario y el mapa adjunto (archivos XI y XIX), y Fred. Que unos documentos de tal calibre hubieran llegado a sus manos se me antojaba una posibilidad más que remota. Inverosímil.
¿Cómo? ¿Por qué?
Miss Policía Federal, sin embargo, me dio la clave. Sin querer.
Marguerite. La señorita Jamaer. Madre soltera.
La abuela de Fred.
Aun sin tener ni idea de alemán, constato que aquel nombre (Marguerite, a secas) se repite insistentemente en las últimas páginas del diario. A partir de ahí, y con la nueva información, el material contenido en los archivos VII, VIII y IX adquiere un nuevo significado.
Archivo VII: media docena de fotografías de época.
Foto 1) Una merienda campestre, tal vez en el Forêt de Soignes, en la que posan un par de sonrientes oficiales de las SS y otras tantas jovencitas con aire de pin-ups primerizas. Queso gruyere y vino.
Foto 2) Un desfile. Vista panorámica de la Grand Place, festoneada de estandartes de la Wehrmacht y cruces gamadas; y, en primer plano, dos de los protagonistas de la foto anterior: el oficial, sacando pecho, y la muchacha/novia/amante orgullosa.
Fotos 3 a 5) De nuevo la misma pareja: tomando un helado/ensayando unos pasos de baile bajo la bóveda de cristal de las Galeries Saint-Hubert/del brazo, ante la fachada del Hotel Métropole.
Foto 6) La única que ha sido escaneada por ambas caras. En el anverso, la misma muchacha sentada en la terraza de un café: tirabuzones anacrónicos y falda de tubo. Sonrisa perfecta. En el reverso, unas líneas en pulcra y elegante caligrafía: Ma chère Marguerite, la fleur des marais. Firmado: Heinrich.
(Marguerite & Heinrich: la flor de los pantanos y el ángel de la muerte. Un amor prohibido en tiempos convulsos. Siempre nos quedará Bruselas, etc.)

¡Denunciad a los colaboracionistas!
Archivo VIII: una página del diario Liberation Soir, fechada el 9 de diciembre de 1944. Baja resolución: el texto es prácticamente ilegible. El titular a cuatro columnas, sin embargo, no deja lugar a dudas: DENUNCIAD A LOS COLABORACIONISTAS! Una fotografía muestra a un grupo de personas rodeando a una muchacha. Un fornido mocetón, mostacho y gorra proletaria, la sostiene por el brazo. Está descalza. Sucia. A pesar de su cabeza rapada al cero y sus ropas desgarradas, no me cuesta reconocerla: es la misma muchacha de las fotografías anteriores; Marguerite, sin duda. Las mejillas hundidas. La mirada perdida más allá del dolor y la vergüenza. Sobre su pecho izquierdo, que asoma impúdicamente entre los jirones de su blusa, alguien ha grabado a cuchillo una esvástica. Botín de guerra.
(Algo había leído sobre el destino de las mujeres colaboracionistas. Pero enfrentarme a ello cara a cara es otra cosa. No puedo evitar sentir asco y rabia, y algo muy parecido a la culpa. Imagino a la familia destrozada, marcada. La huida de la ciudad, a escondidas y en plena noche. ¿A Ottignies, tal vez? Y los años de oprobio y silencio. El trato carnal con el diablo siempre fue el peor de los pecados. ¿Cómo borrarlo?)
Archivo IX: dos cartas manuscritas, fechadas en Berlín los días 28 y 29 de abril de 1945 respectivamente y firmadas por Heinrich Von Bauer, ex SS-Hauptsturmführer. Están escritas en un francés tosco pero correcto.
Carta 1) Mi querida Marguerite:
Todo está perdido. Berlín caerá en un par de días como mucho, tal vez menos. Desde mi “celda”, una habitación en el tercer piso del Hotel Ellington que comparto con otros oficiales traidores al Reich, contemplo el ir y venir de las patrullas de voluntarios e imagino el inminente desastre. La última línea de defensa está formada por críos de las Hitlerjugend y gentes sin la mínima instrucción militar. Carne de cañón, como suele decirse. Se rumorea que el alto mando se ha atrincherado en el bunker de la Cancillería y que el mismo Führer ha dado orden de resistir allí a sangre y fuego hasta el último día y el último hombre. Pero esto es un pobre consuelo. El sueño de mil años de paz se ha derrumbado y no habrá gloria para los vencidos.
Mañana compareceré ante el consejo de guerra. Dadas las circunstancias, espero un juicio sumarísimo y una más que probable condena a muerte. No me importa. No tengo miedo. Desde el momento en que perdí a mis hombres y abandoné mi misión, sellé mi destino. Mi deber, en estos momentos, es morir frente a un pelotón de fusilamiento alemán, sobre esta tierra sagrada. Por eso volví, a pesar de tus lágrimas y mis remordimientos. No espero que lo comprendas, pero no quiero vivir como un desertor. No podría perdonármelo.
Recibí tu última carta en Hannover. La guardo como un pequeño tesoro, junto a mi corazón, y allí permanecerá hasta el último momento pues es lo único que me queda de ti.
No puedo imaginarme los padecimientos que has tenido que soportar en estos meses. Apenas mencionas nada en tu carta, lo cual te agradezco sinceramente, pero conozco demasiado bien la crueldad de los hombres como para hacerme ilusiones. ¡Mi tierna florecilla! ¿Qué será de ti? Cometimos el pecado de no ocultar nuestro amor y eso es algo imperdonable en tiempos de odio y penuria.
En cualquier caso, tengo que alabar tu coraje. Que hayas decidido seguir adelante y tener a nuestro hijo, a pesar de todo y de todos, es para mí una señal inequívoca de la profundidad de tus sentimientos. La última y definitiva prueba de amor entre tantas como me diste. ¡Y que no pueda estar yo allí para corresponder a tamaño sacrificio! Pero así son las cosas. Hemos de afrontar nuestro destino.
Armand es un buen nombre. Si así lo has decidido, que así sea. Sólo espero que sepas guardar su inocencia en los tiempos oscuros que se avecinan y crezca fuerte y libre, y llegue un día en que pueda honrar la memoria de su padre sin rencor y sin vergüenza.
Tengo que dejarte. Volveré a escribirte en cuanto me sea posible.
Tuyo siempre,
Heinrich Von Bauer, etc.
Carta 2) Mi querida Marguerite:
Esta es la última carta que recibirás de mí. Mañana, al amanecer, seré fusilado. No hay perdón para los traidores: es lo justo. Pero yo moriré de pie y mirando a los ojos a mis asesinos como un verdadero alemán. Hice lo que creí que debía hacer y, si obré por mi cuenta, fue sólo porque el destino así lo dispuso. Sacrifiqué a mis hombres, es cierto, pero tal vez salvé a muchos otros. No fue una decisión fácil. Tú lo sabes, con eso me basta.
Puedo oír claramente las descargas de la artillería enemiga. Muy cerca. Mis compañeros de celda entretienen sus últimos momentos jugando a las cartas, hablando de sus familias y aguardando un improbable milagro. Si los rusos toman la ciudad en las próximas horas, piensan, tal vez tengamos una oportunidad de sobrevivir. Pero, ¿a qué precio? ¿Qué futuro nos esperaría en manos de esos salvajes? La proximidad de la muerte lleva a algunos hombres a albergar extrañas esperanzas.
Me pregunto qué habría sido de nosotros en otras circunstancias. ¿Habríamos llegado a conocernos de no ser por esta guerra perdida de antemano? Los dioses gustan de la ironía. Nos ofrecen sus dones cuando poco o nada podemos hacer por retenerlos. Tal vez no fuimos creados para ser felices.
¡Pero basta de filosofías…! Mañana acabará todo. No hay más que decir. Sólo adiós.
Armand, hijo mío, perdóname.
Marguerite, mi amor, perdóname tú también y recuérdame como el hombre dichoso que fui a tu lado.
Adiós. Adiós. Adiós.
Tuyo siempre,
Heinrich Von Bauer, etc.
P.S. Guarda aquello que te confié en lugar seguro. Espero, por tu bien y el de tus compatriotas, que no haya que sacarlo a la luz en el futuro, pero ¿quién sabe? Tal vez sea necesario si aquel horror vuelve a manifestarse en alguna forma. Entonces, serás tú la que tenga que decidir. Ojalá no llegue ese momento.
(Un jodido folletín. ¿No lo dije?)
b) Hipótesis.
De todo lo anterior, se deduce que el tal Heinrich, SS-Hauptsturmführer (algo así como capitán), estuvo destinado en Bruselas durante la ocupación con objeto de llevar a cabo algún tipo de misión que no se especifica. Entre tanto, tuvo tiempo de establecer una relación sentimental con Marguerite Jamaer, la abuela de Fred, y dejarla embarazada. Cuando la misión se torció de alguna manera sobre la que tampoco se dan demasiados detalles, el oficial hubo de abandonar precipitadamente la ciudad y a su amante no sin antes confiarle a ésta aquello a lo que hace referencia en la posdata de la carta 2: presumiblemente, su diario y el mapa adjunto. Suponiendo que Armand, el fruto de esta relación clandestina, fuera efectivamente Armand Jamaer, el padre de Fred, es plausible pensar que los documentos pasaran de las manos de Marguerite a las de su hijo y de éstas a las de Fred.
Todo encaja.
Quedan, sin embargo, muchos cabos sueltos:
-¿Guarda la desaparición de Fred alguna relación con todo esto?
-¿Qué pinta la Societé Irminsul en este embrollo? ¿Y Otto?
-¿Qué ocurrió con la misión de Heinrich? ¿Quién o qué le obligó a huir? Y, sobre todo, ¿a qué se refiere cuando habla de “aquel horror”? ¿QUÉ COJONES ENCONTRARON AHÍ ABAJO?
Etiquetas: CD, Colaboracionistas, Documentos, Nazis, Otto, Societé Irminsul


















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