Môet Chandon y canapés

MAAC
30 de mayo de 2009
(MAAC, Rue des Chartreux; 21:45 p.m.)
Me dejo caer por la MAAC.
O mucho me equivoco o la exposición de Liz anda camino de convertirse en la sensación del momento. Todo el que es algo en el mundillo del arte en Bruselas anda por aquí: Jan de Cock, Claire Bataille, Yves Bernard, Marc Godts… Hipsters de la zona Dansaert, compañeros y profesores de la Facultad, y algún fotógrafo. Môet Chandon y canapés. Trés chic.
H(e)artbeaten
by
Elizabeth Hartley
Maison d’Art Actuel des Chartreux / Huis Hedendaagse Kunst Kartuizers
Rue des Chartreux, 26-28 Kartuizersstraat
Brussel 1000 Bruxelles
Mientras busco a Liz entre la multitud, echo un rápido vistazo a su obra.
Una pantalla reproduce el bucle de imágenes que visioné en primicia en el Soleil. Frente a éste, en el otro extremo de la sala, una serie de siete fotografías de gran tamaño (dispuestas en forma de cruz latina) muestra diversas partes de un cuerpo femenino sin llegar a descubrirlo en su totalidad: una mano, parte de un hombro y un cuello delgado y fibroso, la suave curva de una cadera, unas rodillas huesudas y unos pies pequeños de dedos finísimos. Completan la imagen un rostro levemente ladeado a la izquierda, al modo de las antiguas representaciones de Cristo, inequívocamente familiar a pesar de la oscura mata de pelo que lo oculta, y el primer plano de un hermoso pecho en el centro de la cruz, sobre el que ha sido dibujada una especie de diana en rojo furioso.
Una crucifixión cubista en los tonos grises y fríos marca de la casa.
Es ella, no hay duda.
En las paredes restantes, se alternan a intervalos regulares una serie de diez fotografías en formato menor y otros tantos vídeos.
Las primeras tienen el aire naif de un álbum familiar (retratos de grupo, composiciones descuidadas y actitudes cotidianas, etc.), pero han sido tratadas para simular una suerte de radiografías incompletas: sólo los cuerpos se muestran en su extrema interioridad de huesos y articulaciones; la escenografía permanece intacta: bares, monumentos, calles… Creo reconocerme en uno de los esqueletos que posa junto a una mesa atiborrada de botellas vacías, en la terraza del … Tal vez, Fred también ande por aquí.
Los vídeos se recrean en paisajes solitarios de Bruselas, despojados de todo rastro de humanidad. La arquitectura barroca y ensimismada de la desolación. La ciudad muerta.
Los altavoces escupen una oscura pieza de chill-out industrial (si la combinación es posible), sobre la que se destaca el monótono martilleo de un corazón.
Genial.
Pienso en Bacon y en la Rothko Chapel.
Absorto y abrumado, a punto de dejarme atrapar por el síndrome de Stendhal, no me percato de la presencia de Mira hasta que no la tengo frente a mí, ofreciéndome una copa de champagne y su media sonrisa de mujer fatal.
MIRA: Vaya, vaya… Nuestro Sigfrido se ha dignado a hacer acto de presencia. ¿Qué tal la cacería?
YO: Yo también me alegro de verte, cariño.
MIRA: Seguro. ¿Dónde te metes? Creí que te habías desvanecido en el aire como el gilipollas de Fred. Sois tal para cual, ¿lo sabías?
YO: ¿No has vuelto a saber nada de él?
MIRA: (Negando con la cabeza). Nada. Desde marzo, por lo menos. ¿Y tú?
YO: Nada.
Silencio.
MIRA: Tal vez deberíamos empezar a preocuparnos, ¿no te parece?
“Tal vez”, digo. Apuro de un trago mi copa y añado: “¿Dónde está ella?”
MIRA: ¿Liz? Ahí enfrente, en el Fin de Siécle. De pic-nic con unos tipos importantes. Es su momento.
YO: Ya. (Le devuelvo mi copa vacía a Mira, la beso fugazmente en la mejilla y me dispongo a salir del local). Nos vemos pronto, ok?
“Será capullo…”, dice asegurándose de que pueda oírla. Y luego grita: “Cuídate de ella, J. En serio. Tiene la uñas afiladas”.
Sonrío desde la puerta y salgo a la calle.
(…)
Localizo a Liz en la barra del Fin de Siécle, esperando mesa. Lleva una camiseta de los Misfits talla baby, una falda plisada de colegiala perversa y sus sempiternas DocMarteens. Está bellísima, a su manera. Conversa con una mujer alta y delgada, enfundada en un elegante traje de chaqueta gris y subida a unos tacones de vértigo. Una coleccionista, tal vez. No la conozco.
A escasos metros, un par de tipos bien trajeados aguardan su turno para hablar con la estrella de la noche. Me suenan, o eso creo. Críticos de LeSoir Culture o galeristas, todos tienen la misma pinta.
Lo ha conseguido, está claro.
Liz me ve y me hace una seña para que me acerque.
YO: Congratulations, darling. Tu exposición…
LIZ: ¿Te ha gustado?
YO: Es simplemente… Magnífica.
“Thanks“, dice, estampándome un beso en la mejilla, muy cerca de los labios.
Tiemblo.
Observo de soslayo a la mujer que la acompaña. 1,80 sin tacones. Hombros anchos de nadadora y manos grandes. Recoge su cabello rubio platino en un moño alto y su rostro, anguloso y un punto andrógino, recuerda vagamente al de Cate Blanchet. Nada de maquillaje. Un culo perfecto.
“Is this J. I guess?“, pregunta, y su voz suena grave y profunda como una oscura melodía wagneriana.
LIZ: Yeah… Lo siento. Soy una maleducada. (Carraspea). ¿J.?, te presento a la teniente Strauven.
No puedo creer lo que estoy oyendo.
“Llámeme Emma, por favor”, me dice ofreciéndome su mano.
YO: ¿Teniente?
LIZ: De la Policía Federal. Se ocupa de la desaparición de Fred.
EMMA: La señorita Hartley denunció el caso hace un par de días.
YO: (Fulmino a Liz con mi mejor/peor mirada a lo James Cagney). ¿En serio?
EMMA: Soy consciente de que tal vez no sea el mejor momento… Pero sería de vital importancia que pudiéramos concertar una entrevista lo antes posible.
YO: (Me pongo borde). Tiene razón. No es un buen momento.
EMMA: ¿El lunes, tal vez?
YO: (Id). Supongo que ya conoce mi dirección. ¿Tengo que avisar a mi abogado?
EMMA: (Algo parecido a una sonrisa se dibuja en su rostro). No será necesario.
Silencio.
Liz y yo nos miramos sin pestañear, en guardia, calibrando nuestras respectivas fuerzas para el próximo round.
“En fin, no quiero robarles más tiempo”, añade la teniente a modo de despedida. “¿Señorita Hartley? Gracias por todo. Ha sido de gran ayuda.” Y dirigiéndose a mí: “¿Señor…?”
YO: Llámeme J.
Asiente. Y abandona el ring con paso elástico sorteando con estudiada indiferencia las miradas lascivas de la concurrencia masculina. Miss teniente de la Policía Federal. (¿De dónde cojones ha salido una hembra así?)
Ding-dong: suena la campana.
Segundos fuera.
YO: ¿A qué coño estás jugando?
LIZ: No me jodas. ¿A qué coño estás jugando tú? (Imitándome. Mal). “¿Tengo que avisar a mi abogado?” ¿Es que tienes vocación de sospechoso o qué?
YO: Bullshit.
LIZ: Te convendría colaborar, tío.
YO: Y a ti te convendría cerrar el pico.
LIZ: Hace tres meses que no sabemos nada de él, J., Tres putos meses. ¿Aún no te parece suficiente? Come on, ¿qué se supone que tendríamos que hacer?
YO: Mierda, Liz. Vas a estropearlo todo, ¿entiendes? Todo.
LIZ: No voy a quedarme sentada esperando que pase algo. Yo no.
YO: Estamos cerca, darling. MUY CERCA. ¿Cómo se te ocurre meter a la policía de por medio? Empezarán a husmear… Lo joderán todo.
LIZ: ¡SE TRATA DE FRED!
YO: ¡SE TRATA DE LA OBRA DE FRED…! Nuestra obra… Algo real, jodidamente humano. ¿Es que ya no lo recuerdas? Y lo tenemos ahí. Al alcance de la mano. No puedes estropearlo. ¿Le has hablado del blog?
LIZ: …
YO: Le has hablado del blog, joder. LO HAS HECHO.
Silencio.
LIZ: No tienes nada, J. Estoy al tanto, ¿vale? He seguido tu puto blog. ¿Un mapa del tesoro? No me jodas.
YO: Hay algo más. Lo sé.
LIZ: No tienes nada.
YO: HAY ALGO MÁS.
Silencio.
Me muerdo las uñas.
“Mira, J. ¿Ves a esos dos de ahí?”, añade señalando a los tipos que esperan acodados en la barra. “Pueden llevarme muy lejos, you know? It´s my chance. No quiero pensar en nada más ahora mismo. The game is over. Lo entiendes, ¿verdad?”
Asiento.
Pero no me doy por vencido.
YO: Dame un día.
LIZ: What?
YO: Just one day. Un par de horas, si quieres. Te enseño algo que aún no conoces y luego decides. Ok?
LIZ: ¿Otro as en la manga?
YO: Tal vez.
LIZ: You´re fucking crazy.
“Get ready“, digo tomando su mano. “Te llamo de aquí a unos días. Será la última vez, I promise.”
LIZ: Ready? What for?
Me encojo de hombros.
YO: Anything.
(7, rue du Peuplier; 22: 50 p.m.)
Vuelvo a casa con la cabeza en las nubes y fumando como un condenado a muerte.
En la esquina del Quai Aux Boix A Bruler con la rue du Peuplier me doy de bruces con Otto, el gigante.
Ya casi lo había olvidado.
Antes de agarrarme por el cuello y estamparme contra la pared, me suelta un par de frases en flamenco.
Por supuesto, no entiendo una mierda.
Su aliento huele a tabaco y vino rancio. Su voz, tal y como había imaginado, suena como un martillo golpeando contra un yunque de acero.
“¿Qué coño quieres de mí?”, balbuceo en un inglés trémulo.
OTTO: You know what.. Give me.
Hurgo en mis bolsillos tratando de ganar tiempo.
No sé cómo salir de ésta.
Le entrego mi cartera.
El gigante la revisa a conciencia, da con la copia del mapa que siempre llevo conmigo y se la guarda en el bolsillo sin demasiadas contemplaciones.
Se desentiende del resto: algo más de cincuenta euros, mi documentación, la tarjeta de crédito y un par de fotos tamaño carnet. Todo por el suelo.
Busca otra cosa.
OTTO: The cd… Where… Not this. The cd… Give me.
Me hago el loco.
YO: What the fuck you mean, buddy?
En una fracción de segundo, su rodilla se aloja en mi entrepierna y me encuentro tirado sobre la acera, buscando aire como un pez en la cubierta de un barco. Los ojos desorbitados. Boqueando.
Toso hasta vomitar.
OTTO: You want to kill the dragon? You have to get real close…
Y desaparece.
No sé cuánto tiempo permanezco allí.


















3 comentarios hasta ahora
Deje un comentario