El archivo III

Saint-Géry
29 de mayo de 2009
(7, rue Peuplier; 10:45 a.m.)
A pesar de la mala noche y la jaqueca, paso la mañana intentando traducir el fragmento de la Cronica Bruxellensis que Fred incluyó en su cd.
El archivo III.
(No le había prestado demasiada atención. En un primer vistazo, y hasta donde me permitían mis exiguos conocimientos de latín, no fui capaz de establecer conexión alguna entre la prosa oscura y presumiblemente alegórica del texto, y el resto del material. ¿Qué cojones tenía que ver aquella especie de cuento para beatas con el proyecto? Simplemente, no encajaba.
Lo despaché en dos minutos, claro.
Y me equivoqué.
Lo supe en el mismo momento en que Jesús y Rosa me hablaron de los orígenes legendarios de la ciudad: Saint-Géry, la capilla sobre la isla y toda la pesca… Estaba ahí, desde el primer momento: el extremo del ovillo, a poco más de mil cuatrocientos años de distancia.
Había que volver al principio).
Logro convencer a Enzo de que me eche una mano. Le jode ejercer de filólogo en sus horas libres, pero acepta: me debe demasiados favores. No hace preguntas.
El resultado de nuestras pesquisas es grosso modo este (el tono arcaizante es de Enzo; en el fondo, es una especie de poeta demodé):
Fue en aquel tiempo que el bravo Gauderic, ministro de Nuestro Señor y noble y virtuoso caballero, aventurose en pos de los dictados del Altísimo muy al norte de los reinos francos, más allá del Somme, hasta el solar baldío que los lugareños llamaban La Ciénaga o Fin del Mundo. Y no hallando a su paso sino gentes desesperadas y llanto y aflicción, quiso inquirir la causa de tamaño sufrimiento por llevar el consuelo de la Palabra a aquellos pagos devastados, pues ésta era, en verdad, la misión que habíasele encomendado desde su nacimiento.
Dijéronle los pocos que accedieran a sus ruegos que aquellas tierras estaban malditas, pues moraba en sus entrañas una abominable criatura de la estirpe misma de Caín desde el principio de los siglos, y que hiciera bien en montar su corcel y tomar el camino de regreso, que muchos antes que él y muy pagados de su coraje juraron acabar con el azote del Enemigo y fueron muertos sin gloria y olvidados para siempre.
Compadeciéndose de aquellos hombres abandonados a su suerte, hizo votos allí mismo el animoso Gauderic de librarlos de su diezmo de sangre y horror con ayuda de Jesucristo Nuestro Señor, Santa María Siempre Virgen y San Miguel, el Vencedor de la Serpiente, y pidió ser conducido hasta la Gran Isla, donde se decía que se hallaba la guarida de la Bestia.
Admiráronse todos de la valentía del hombre santo y hasta allí lo llevaron, y viéronle trasponer los umbrales del Averno con paso decidido, armado de escudo, espada y venablo, y en ese punto quedaron rezando por la salvación de su alma, de hinojos sobre la tierra cenagosa y condenada.
Cuarenta días con sus noches anduvo el bravo Gauderic recorriendo el dédalo interminable de cavernas, ora entablando singular combate con la abominable y escurridiza criatura ora ocultándose de su aliento flamígero y mortal, hasta que pudo acorralarla en su mismo santuario, a muchas leguas bajo la tierra y el agua. Y acometiéndola una y otra vez y sufriendo grandemente de sus heridas, y viendo que no alcanzara a someterla, encomendose a San Jorge y San Miguel y blandió su espada hasta quebrarla contra aquellas rocas malditas, y fue entonces que la tierra tembló con gran estruendo y quedó el Mal sepultado bajo el barro y el polvo por los siglos de los siglos.
Con gran regocijo recibieron las gentes del lugar al malherido Gauderic, que en aquel mismo momento ordenó santificar aquella tierra y sellar la entrada a las innúmeras cavernas, antes de dejar su alma en brazos del Altísimo. Y allí donde expirara, levantose una iglesia para cobijar sus restos y una gruesa muralla en torno a ésta, coronada de cinco altas torres, para aviso y memoria de todos los hombres.
Y así ha de ser, pues así está escrito, que yacerá el Dragón bajo la Cruz hasta el día anunciado en que Aquel, en su Infinita Gloria, descienda del los Cielos para juzgar a vivos y muertos.
(…)
Me quedo de una pieza.
No tengo palabras.
“El dragón”, acierto a decir. “Joder, es increíble. Un puto dragón”.
Enzo me mira, entre burlón y displicente, y me suelta su teoría:
ENZO: Draco puede traducirse por “dragón” o “serpiente”… En cualquier caso, es una imagen del diablo. Está claro. Secondo me, el texto describe la cristianización de algún santuario pagano. El tal Géry o Gorik plantó allí su cruz y se inventó toda la historia en plan Señor de los Anillos para darse aires. Típico.
“Ya”, digo. Y asiento.
“No hay como una buena leyenda para ganarse algunos fieles”, añade.
Le doy las gracias y lo echo de mi habitación.
Me quedo solo con mis demonios.
(…)
No hay manera de autentificar el texto.
Ninguna referencia en Google.
(Supongo que debería rastrear palmo a palmo las bibliotecas de Bruselas, pero siento que no me queda demasiado tiempo).
El archivo reproduce poco más de página y media escaneada de una revista: Thule Magazin, número XXXV, págs. 17-18.
Aparte de esto, una nota a pie de página: Cronica Bruxenllesis, Sexto Germanico, s. XV, y el sello estampado de la Staatsbibliothek de Berlín.
(…)
De alguna extraña manera, todo empieza a tener sentido.
O eso creo.
Etiquetas: Documentos, Dragón, Saint-Géry


















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