Redoble de tambor.

Sadomasoquismo telefónico
7 de abril de 2009
(7, rue Peuplier; 22:45 p.m.)
Easter.
Si mi vida no se hubiese convertido en un completo desastre, en estos momentos estaría tomando un vuelo para la madre patria con una maleta cargada de cachivaches para turistas bajo el brazo y mi mejor sonrisa estilo hijo-pródigo-que-vuelve-a-casa.
Todavía no sé cómo he tenido el valor de devolver mi billete.
¿Estaré perdiendo el juicio?
(Sesión de sadomasoquismo telefónico con mamá:
MAMÁ: (En guardia). ¿No podías habernos avisado con más tiempo? Tu hermano ha venido de Madrid sólo para verte.
YO: Lo siento, mamá. De verdad.
MAMÁ: (Falsa retirada). Ya.
YO: Estoy muy liado.
MAMÁ: (Parada en cuarta. Finta). ¿No habías acabado los exámenes?
YO: Tengo que ponerme al día. He perdido muchas clases.
MAMÁ: (Ataque a fondo). ¿Y te parece que eso está bien? No te pagamos una carrera para que pierdas el tiempo. ¿O sí?
YO: No, mamá.
MAMÁ: (En guardia). ¿Entonces?
YO: No es tan sencillo.
MAMÁ: (Ataque a fondo. Touché). Claro que no. La vida no es sencilla. Tienes veinticuatro años, hijo. Ya deberías haberte dado cuenta.
YO: Venga, mamá. No te pongas trágica. Iré en cuanto pueda, ¿vale? Te lo prometo.
Etc. Etc. Etc.)
Enzo me mira desde el sofá, mefistofélico, apenas un esbozo de sonrisa flotando en la humareda blanca de la marihuana. El puto gato de Cheshire en versión meridional. Se divierte de lo lindo, aunque no lo diga. Enzo siempre se divierte.
“¿Todo bien?”, dice.
“Más o menos”, contesto sin demasiado entusiasmo.
Se encoge de hombros.
ENZO: “Pour delicatesse
j´ai perdu ma vie…”
YO: Vete a la mierda.
ENZO: Take it easy, man.
Me encierro en mi habitación y releo los comentarios al blog.
No logro acostumbrarme a esta especie de intimidad con las sombras. Los camaradas están ahí, desde luego: Mira, Marco, Ricardo, Serafín (Ya echaba de menos tus poemas, viejo zorro. España queda tan lejos… Como “un sueño dentro de otro sueño”, Poe dixit.)… También Rosa, mi nueva/vieja amiga…
Y, más allá, un coro innúmero de voces sin rostro.
Y todos apuntan, opinan, inventan.
¿Quiénes son?
¿Es ésta la experiencia colectiva de la que hablaba Fred?
Tal vez. Pero, por ahora, no puedo evitar sentirme extrañamente indefenso. Como un domador ciego en la jaula de los leones.
Estoy solo, frente al público. Y quiere sangre.
Redoble de tambor.
(Espero sacar algo en claro mañana. Si no, empezaré a pensar que nada tiene sentido.)
Etiquetas: Link, Proyecto, Rue du Peuplier, Teléfono


















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