
- Sainte-Catherine
(Tríptico al estilo de Francis Bacon)
8 de abril de 2009
(uno: paisaje con figuras/Sainte-Catherine, 9:15 a.m.)
Liz se retrasa.
Recorro una y otra vez el Quai Aux Briques con la cabeza en las nubes y una extraña sensación en la boca del estómago. No sé si es miedo, pero se le parece. Subo las solapas de mi abrigo y me abotono hasta el cuello, aunque no hace frío, y enciendo el tercer cigarrillo de la mañana.
Hay jaleo junto al pórtico de Sainte-Catherine. Los mendigos discuten por cualquier cosa, a viva voz, y los turistas evitan la escena como un rebaño de ovejas asustadas. Alguno toma fotos. Color local.
Me sorprendo a mí mismo buscando al gigante del Corbeau entre la sucia maraña de harapos y barbas grasientas. Respiro: no está ahí. Y, apenas hace acto de presencia una patrulla de policía, la turba se dispersa y el lugar queda desierto.
Tengo una idea. Descabellada. Sigo a uno de los fugitivos por la rue du Vieux Marché aux Grains y lo alcanzo en la esquina con la rue de Flandre. Me mira de hito en hito, receloso, un vaho de alcohol y noches sin sueño emborronando sus ojos de perro viejo. Desconfía. Deslizo unas monedas en su bolsillo. Sonríe. Hablamos.
Se llama Willhem. Dejó Hamburgo, un trabajo bien remunerado, mujer e hijos hace quince o veinte años y ahora vive a salto de mata recorriendo la vieja y podrida Europa en busca de algo que seguramente ha olvidado. Una respuesta. Un lugar.
Nada por aquí, nada por allá: la filosofía del clochard. Una historia de tantas.
Le entrego un par de monedas más y trato de describir mal que bien al tipo del Corbeau. Alto. Ojos claros. Manos grandes de leñador o carnicero.
“¿Lo conoces?”, digo.
Silencio.
WILLHEM: (Tras escupir en el suelo). Otto… Arschloch!
Lo conoce.
“¿Quién es?”, balbuceo. Y de repente tomo conciencia de lo absurdo de mi pregunta.
Tiemblo.
WILLHEM: (Sacudiendo su cabeza). No good man, you know? You better keep off.
Me mira como si me viera por primera vez. “No good man“, repite y levanta los faldones de su vieja y roída camisa dejando ver una cicatriz de veinte o veinticinco centímetros de longitud que comienza a medio palmo de su pelvis y va a parar a la base misma del esternón.
Pienso en un cuchillo de grandes dimensiones. Un machete, tal vez. Y siento náuseas.
“You better keep off, I tell you“, vuelve a decir, y, sin mediar palabra, lo dejo allí plantado y dirijo mis pasos de nuevo hasta Sainte-Catherine.
Me grita algo en su inglés bastardo, pero no quiero oírlo.
Cuando llego a la place, Liz ya me está esperando junto a la boca del metro.
“¿Nos vamos?”, dice.
YO: ¿Dónde?
LIZ: Ya lo verás.
Le ahorro mi tête a tête con Willhem.
Nos ponemos en camino.
Etiquetas: Proyecto, Sainte-Catherine


















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