Aumale Metro Station

Aumale Metro Station

8 de abril de 2009
(dos: naturaleza muerta/162, avenue Georges Moreau; 9:45 a.m.)

Tomamos la línea 5 del metro hacia Anderlecht.
Liz no abre la boca en todo el viaje. Se limita a contemplar su propio reflejo en la ventanilla mientras juguetea con su iPod, los ojos ligeramente entornados y su preciosa cabecita de ninfa bulímica balanceándose imperceptiblemente al ritmo de una melodía fantasma. Nine Inch Nails o algo peor. Música para niños perdidos en una ciudad muerta.
Bajamos en Aumale y, en un par de minutos, estamos en la avenue Georges Moureau.
La sigo a buen paso hasta el número 162 y allí nos detenemos, frente a un viejo caserón de dos plantas estilo art nouveau. El edificio está abandonado. O eso parece. El esgrafiado del primer piso, desconchado y cubierto de moho, es apenas visible y las ventanas han sido condenadas. Hay gruesas vigas de madera apuntalando la fachada. Un candado herrumbroso hace las veces de cerradura.
“¿Y esto?”, pregunto incrédulo.
LIZ: Voilá. La guarida de Fred.
YO: ¿Estás de broma? No pretenderás hacerme creer que vive aquí. Joder, Liz… Si está a punto de desplomarse…


LIZ: Yo no he dicho que viva aquí.
Me cruzo de brazos. “Explícate”, digo.
LIZ: Esto es sólo… Un lugar especial para él. Un refugio, si quieres. Su casa… Quiero decir su casa de verdad está en Ottignies. Vive allí con su abuela desde los seis años. Ya sabías que era huérfano, ¿no?
“Sí, claro”, digo, pero no tenía ni idea. De repente, caigo en la cuenta de lo poco que conozco a Fred. “Ottignies, ¿eh?”, repito como si realmente supiera algo del maldito lugar. “¿Por qué coño no hemos empezado por allí?”
LIZ: La buena señora no nos sería de gran ayuda, me temo. Está senil. Para ella, el tiempo se paró en 1940, you know what I mean? No creo que tenga ni idea de lo que hace o deja de hacer su nieto. Si es que aún puede reconocerlo, claro.
YO: Joder.
LIZ: This is the only place.
Silencio.
La miro sin comprender. Y luego miro en dirección al caserón en ruinas y trago saliva, y la miro a ella de nuevo.
“¿Qué hay ahí dentro, Liz?”, pregunto al fin.
LIZ: (Encogiéndose de hombros). Recuerdos, supongo. Nada que tu y yo podamos entender. El edificio perteneció a su familia hasta la ocupación y fue abandonado poco antes de terminar la guerra. Luego, el ayuntamiento se hizo cargo. (Hace una pausa. Parece nerviosa. Le ofrezco un cigarrillo). Thanks… Hará un par de años que Fred se decidió a utilizarlo como taller… O algo parecido. Simplemente, echó la puerta abajo y se lo quedó. De algún modo, ya le pertenecía. I mean… Si hay algo de valor en su vida, está escondido entre esas cuatro paredes.
Silencio.
Trato de quitarle solemnidad al momento:
YO: De squatter en su pisito de soltero. Típico de Fred. ¿Y cómo sabes tú todo eso?
LIZ: No preguntes, ¿quieres?
Eso duele.
“¿Vamos?”, digo y ella asiente, aunque no parece tan convencida como hace un  par de minutos, y cruzamos la calle hasta encarar el sucio y carcomido portón.
Llamamos. Nadie responde.
“Habrá que forzar el candado”, apunto.
LIZ. No hace falta. Tengo la llave.
Ella adivina mi perplejidad y me corta en seco: “I said: don´t ask me, ok?” Levanto las manos y cierro la boca. Me rindo. Estoy herido de muerte.
Apenas empieza a manipular el candado, éste cae al suelo y rueda hasta mis pies como un pájaro muerto. El sonido del metal al golpear el pavimento me produce un escalofrío. No hay nadie cerca, pero siento como si nos observaran.
YO: Joder, ten cuidado.
LIZ: Damn it.
YO: ¿Qué pasa?
LIZ: Está roto.
YO: What?
LIZ: Te digo que alguien ha estado aquí antes que nosotros.
No tiene gracia.
Inexplicablemente, digo: “Vamos a echar un vistazo”.
LIZ: ¿Estás seguro?
No respondo. La tomo de la mano y la arrastro conmigo al interior del edificio sin darle un segundo para pensárselo.
Cierro el pesado portón a mi espalda.
Como era de esperar, el lugar es una puta ruina. Hay basura y escombros por todas partes, y restos carcomidos y casi irreconocibles de lo que debió de ser el antiguo mobiliario. Un baúl desfondado. El esqueleto calcinado de un sofá. El papel pintado de las paredes se ha hinchado grotescamente a causa de la humedad. Huele a madera podrida y meado de gato. Bajo nuestros pies, cristales rotos. Y cucarachas.
No alcanzo a comprender qué puede encontrar Fred de romántico en todo aquello.
Estornudo.
YO: El polvo. Soy alérgico.
Liz me mira, casi sonríe. Luego dice: “Es arriba”.
Subimos.
La escalera cruje ruidosamente. Muy cinematográfico, pero peligroso.
LIZ: You know what? No me extrañaría que Fred se hubiera montado uno de sus pic-nics iniciáticos en Amsterdam y ahora esté riéndose de nosotros y puesto de todo en cualquier coffee-shop.
Sólo lo dice para tranquilizarse. Tiene miedo. Me obliga a ir delante.
“Fred es Fred”, digo y vuelvo a estornudar.
Accedemos al primer piso y me señala una habitación del fondo.
Entramos.
Está muy oscuro. Midiendo mis pasos para no tropezar o caer por cualquier agujero, me dirijo al centro de la estancia, donde me ha parecido entrever una solitaria bombilla colgando del techo. La busco a tientas. ¡Bingo! Conociendo a Fred y su escaso respeto por el mobiliario público, es más que probable que haya tirado un cable hasta la farola más cercana para iluminar su búnker particular. La enrosco. Un, dos, tres y se hace la luz.
“Joder”, digo. “¿Qué ha pasado aquí?”.
Todo está patas arriba: libros y cd´s por el suelo, papeles y más papeles, bocetos, apuntes, poemas; cajones vacíos, apilados de cualquier manera en un rincón. Un desorden de la hostia. El decorado perfecto para un film noir de serie B.
LIZ: Esto no me gusta. Deberíamos irnos.
A simple vista, no queda un solo rincón por registrar. Quien sea que pasó por allí se empleó a fondo.
YO: ¿Te das cuenta, Liz? Buscaban algo. Yo tenía razón.
LIZ: Come on.
YO: Fred está metido en algo gordo. ¡Yo tenía razón!
Liz me coge de la mano. Está helada. “Hay que llamar a la policía”, dice.
La fulmino con la mirada.
YO: ¿Y qué cojones les vas a contar?
Silencio.
Le doy la espalda y me acuclillo en el centro de la habitación, y revuelvo todo de nuevo tratando de encontrar algo que le dé sentido a aquel embrollo. Una pista. Una señal. Lo que sea.
LIZ: No te molestes, Sherlock. (Señalando un viejo y desportillado bureau). Se han llevado su ordenador. Sabían lo que hacían.
YO: Tiene que haber algo. No creo que Fred sea tan estúpido como para dejar sus cosas al alcance de cualquiera.
LIZ: ¿Una copia de seguridad?
YO: Tal vez.
Ambos miramos en la misma dirección: sobre un mugriento colchón, un pequeño montón de cd´s destrozados. Programas de edición y tratamiento de imágenes, Photoshop, Flash, Final Cut, drivers; la filmografía completa de Fritz Lang en Divx y un documental de la BBC sobre la Segunda Guerra Mundial.
Nada.
LIZ: Es inútil.
Respiro hondo y cuento hasta diez antes de soltar:
YO: Podrías ayudar un poco para variar, ¿no te parece?
Silencio.
LIZ: Voy a mirar abajo.
La oigo bajar las escaleras y sigo con lo mío, en plan Sam Spade.
Me lleva algo más de quince minutos hacer un somero inventario del desastre.
Nada fuera de lo normal:
-Nietzsche, Jung, Cioran. Una cuidada selección de poesía expresionista. Rimbaud. Un par de manuales de programación. Un diccionario de mitología. Monografías sobre Bloch, Grosz, Der blaue reiter. Más información sobre la Segunda Guerra Mundial: fichas, fascículos, páginas arrancadas o fotocopiadas de alguna enciclopedia.
-Viejas fotografías de Bruselas en los años 30-40.
-Música del XIX y principios del XX: Beethoven, Schubert, todo Wagner. La noche transfigurada de Schoenberg. Buenas ediciones.
-Apuntes al carbón de Bruselas, Brujas, Gante. Autorretratos a la manera de Schiele. Un desnudo a lápiz, que me recuerda sospechosamente a Liz y que decido guardarme en un bolsillo del abrigo como un niño ladrón. (Sorry, Fred).
¿Qué estoy buscando?
Me siento en un rincón y me devano los sesos un buen rato tratando de adivinar dónde puede esconderse el huevo de la serpiente.
(…)
De repente, lo veo claro. Siegfried, el asesino del dragón. ¿Por qué no? Y rescato el ejemplar de Der Ring des Nibelungen del montón de basura en que se ha convertido aquella habitación y abro la carcasa temblando de excitación y/o miedo, y allí está: un cd regrabable, etiquetado como PROJECT, en el lugar que debía ocupar la ópera wagneriana en versión de James Levine para la Deutsche. Eureka!
(La sempiterna y archiconocida ironía de Fred).
Bajo las escaleras apresuradamente y me encuentro a Liz sentada sobre una pila de escombros, fumando un cigarrillo como si nada fuera con ella. Pálida. “Lo tengo”, digo agitando ante sus narices el cd.
No parece muy sorprendida.
LIZ: ¿Nos vamos?
Salimos del edificio y tomamos el metro de nuevo hasta Sainte-Catherine, donde nos despedimos.
YO: ¿No sientes curiosidad?
LIZ: Quédatelo tú. Si descubres algo interesante, me llamas. Ok?
(No lo entiendo, pero acepto).
Se da media vuelta y desaparece de mi vista.
Salgo pitando para mi apartamento.

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Esta entrada fue escrita en Martes, Abril 28th, 2009 a las 14:22 y está incluida en Temporada 1. Puede seguir cualquier comentario a esta entrada en el RSS 2.0 feed. Puede hacer un cometario, o trackback desde su propia página web.

4 comentarios hasta ahora

 1 

Pero q le pasa al chaval donde se l ohan llevado q intriga adeams q mi teclad o is offffff

28 Abr 2009 a las 22:25
kokonimo
 2 

Durante algún tiempo mi amigo Morrison estuvo viviendo en un sitio parecido…un edificio en el que solo vivian él y otros cuantos mas…recuerdo los demás pisos cerrados…las grietas de las paredes y la sensación de derrumbe inminente…sólo habia una diferencia…no habia bichos, ninguno, ni hormigas, ni cucarachas…estoy empezando a sentir miedo por Fred….necesito ya la siguiente entrega…

29 Abr 2009 a las 11:24
Marcos
 3 

Pues a ver si publicas el dibujito!

30 Abr 2009 a las 16:36
anne of green gables
 4 

Feliz feliz en tu día, J.

06 May 2009 a las 17:30

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